miércoles, 10 de diciembre de 2014

EL HOMBRE, LA NATURALEZA, LA MIRADA

En este blog el lector podrá encontrar fragmentos de los textos seleccionados y traducidos por Clara Janés que componen el libro El hombre, la naturaleza, la mirada (ediciones del oriente y del mediterráneo, 2014) así como otros textos, testimonios y dibujos de Leonardo o sobre Leonardo.

FÁBULAS

LA ALHEÑA

La alheña, arañadas sus sutiles ramas, repletas de frutos nuevos, por las punzantes garras y el pico de los importunos mirlos, se dolía con lastimera queja a un mirlo, pidiéndole que, ya que le quitaba sus queridos frutos, al menos no la privase de las hojas, que la defendían de los ardientes rayos del sol, y no la desollara y desnudara de la tierna piel con las agudas uñas. A lo cual el mirlo con grosero reproche respondió: «Oh calla, broza silvestre, ¿no sabes que la naturaleza te ha hecho producir estos frutos para mi nutrición? ¿No ves que estás en el mundo para servirme tales alimentos? ¿No sabes, villana, que el próximo invierno tú serás presa y sustento del fuego?». Escuchadas tales palabras por el árbol pacientemente, no sin lágrimas, al poco tiempo —habiendo sido el mirlo aprisionado en una red y cogidas unas ramas para hacer una jaula donde encerrar a dicho mirlo— le tocó a la sutil alheña, entre otras ramas, ser parte de los mimbres de la jaula, y al ver que estas eran causa de la perdida libertad del mirlo, alegrándose pronunció tales palabras: «Oh mirlo, estoy aquí y no todavía consumida por el fuego, como decías; antes te veré yo a ti en prisión que tú a mí quemada».
el laurel
Viendo el laurel y el mirto cortar al peral, en voz alta exclamaron: «Oh peral, ¿adónde vas? ¿Dónde está tu soberbia de cuando tenías los frutos maduros? Ahora no nos harás sombra con tu espesa cabellera». Entonces el peral contestó: «Yo me voy con el campesino que me corta y me llevará al taller de un óptimo escultor, el cual con su arte me hará cobrar la forma del dios Júpiter, y seré consagrado en el templo y adorado por los hombres en el lugar de Júpiter, y tú corres el riesgo de quedarte con frecuencia estropeado y pelado de tus ramas, que serán colocadas en torno a mí por los hombres para rendirme honores.

EL CASTAÑO

Viendo el castaño a un hombre encima de la higuera, que doblaba hacia sí las ramas y de ellas descolgaba los frutos maduros y los metía en su boca abierta, deshaciéndolos y triturándolos con sus duros dientes, sacudiendo las largas ramas y con fragoroso murmullo, dijo: «Oh higuera, ¡hasta qué punto estás menos que yo obligada a la naturaleza! Mira cómo dispuso que estuvieran apretados en mí mis dulces hijitos, en primer lugar vestidos con una camisa fina, sobre la cual está puesta la dura y forrada piel, y no contentándose con tanto beneficiarme, les ha hecho un fuerte alojamiento sobre el que hizo arraigar agudas y tupidas espinas, para que las manos del hombre no puedan dañarme». En aquel momento la higuera empezó a reírse junto con sus hijitos y, paradas las risas, dijo: «Tú no puedes ignorar que el hombre es tan diestro que sabrá empobrecerte de tus frutos penetrando entre tus ramas con pértigas y piedras y palos, y aplastará con pies y pedruscos los que hayan caído, de manera que tus frutos salgan de su armada casa desgarrados y tullidos; mientras que yo soy tocada con esmero por las manos, no como tú por bastones y pedruscos».

LA NUEZ

Siendo así que la nuez, llevada a un alto campanario por la corneja, se vio liberada de su mortal pico en una grieta, donde cayó, pidió al muro mismo, en nombre de aquella gracia que Dios le había dado, haciéndolo tan eminente y magno y rico de tan hermosas campanas y de tan honorable sonido, que tuviera la bondad de socorrerla; y, ya que no había podido caer bajo las verdes ramas de su viejo padre y hallarse en tierra fértil, recubierta de sus hojas caducas, que no la abandonara: porque ella, estando en el fiero pico de la fiera corneja, había hecho voto de que, de escaparle, quería acabar su vida en un pequeño agujero. A estas palabras, el muro, movido a compasión, se alegró de acogerla en el lugar donde había caído. Y poco tiempo después, la nuez empezó a abrirse e introducir las raíces entre las grietas de la piedra, y a ensanchar estas, y a sacar las ramas fuera de su caverna; y habiéndose estas elevado en breve tiempo por encima del edificio y las retorcidas raíces engrosado, empezó a abrir los muros y a echar a las antiguas piedras de sus lugares de siempre. Entonces el muro, tarde y en vano, lamentó la causa de su daño y, rápidamente abierto, se desplomaron gran parte de sus miembros. 

EL MONO

Hallando el mono un nido de pequeños pájaros, se acercó muy alegre. Al ser ellos ya capaces de volar, pudo atrapar solo al menor. Lleno de gozo, con aquel en las manos, se fue a su refugio; y, poniéndose a contemplar a dicho pajarito, lo empezó a besar. Y por exagerado amor, tanto lo besó y le dio vueltas y lo estrechó, que le quitó la vida.
Esto se dice para aquellos que, por no castigar a los hijos, tienen mala suerte. 

EL SAUCE

El desdichado sauce, no pudiendo entregarse al gozo de ver sus sutiles ramas hacerse, o sea, llevarse a la grandeza deseada y erguirse hacia el cielo —por causa de la vid y de cualquier planta cercana estaba siempre roto, dañado y malherido —, haciendo acopio de todos los ánimos, abre con ellos de par en par las puertas a la imaginación; y, hallándose en meditación continua, e indagando por su medio sobre el universo de las plantas, con cuál de ellas se podría conectar, sin tener él necesidad del auxilio de sus propias ligaduras y, bastante sumido en esta nutritiva imaginación, con súbito asalto acudió a su pensamiento la calabaza y, sacudidas todas las ramas de gran alegría, pareciéndole haber encontrado compañía a su deseado propósito —ya que aquella es más apta para atar a otros que necesitada de ataduras— y hecha adecuada deliberación, levantó sus ramas hacia el cielo, dispuesto a esperar algún amistoso pájaro que le sirviera de intermediario para tal deseo. Al ver cerca de sí a la urraca, le dijo: «Oh gentil pájaro, yo te suplico por aquel amparo, que estos días, desde la mañana, hallaste en mis ramas, cuando el hambriento halcón cruel y rapaz, te quería devorar; y por aquellos descansos de los que encima de mí a menudo has gozado, cuando tus alas te pedían reposo; y por aquellos placeres de los que, bajo mis mencionadas ramas, jugando con tus compañeros en amores, has disfrutado, yo te pido que encuentres a la calabaza y consigas de ella algunas de sus semillas. Y diles a estas que, en cuanto nazcan, yo no las trataré de otro modo que como si hubieran sido generadas por mi cuerpo; y, al mismo tenor, usa todas aquellas palabras que sean persuasivas siguiendo esta intención, aunque a ti, maestra en lenguajes, no es necesario enseñarte. Y si esto haces, yo me alegraré de recibir tu nido y tu familia donde nacen mis ramas, sin pago de ningún alquiler».
Entonces, la urraca, establecidos unos cuantos términos de nuevo con el sauce y, sobre todo, el hecho de que nunca aceptaría sobre sí culebras o garduñas, levantada la cola y bajada la cabeza, lanzándose desde la rama, entregó su peso a las alas; y batiendo estas sobre el aire fugitivo, ora aquí, ora allá, curiosamente con el timón de la cola enderezándose, llegó hasta donde se encontraba una calabaza y, con un hermoso saludo y unas cuantas hermosas palabras, consiguió las solicitadas semillas. Y, llevadas al sauce, fue recibida con alegre rostro; y escarbando un poco con la pata la tierra próxima al sauce, con el pico, alrededor de él, plantó aquellos granos.
Brotaron estos en breve tiempo, y empezaron con el crecimiento y el abrirse de sus ramas, a ocupar todas las ramas del sauce, y, con sus grandes hojas, a quitarle la belleza del sol y del cielo. Y no bastando tanto mal, al nacer luego las calabazas, empezaron, por el desproporcionado peso, a tirar de las puntas de las ramas tiernas hacia la tierra, con extrañas torturas y molestias para ellas. Entonces, sacudiéndose y en vano agitándose para que cayeran las calabazas, inútilmente desvarió bastantes días sobre este engaño, porque la buena y fuerte conexión le impedía los pensamientos justos, y viendo pasar al viento, se encomendó a este, y este sopló fuerte. Entonces se abrió el viejo tronco vacío del sauce en dos, hasta sus raíces, y derribado en dos partes, en vano se lloró a sí mismo, y supo que había nacido para que nada bueno le aconteciera nunca. 

LA LLAMA

Llevaban las llamas ya un mes en el horno de los vasos y, viendo aproximarse una vela en un bonito y brillante candelabro, con gran deseo se esforzaban para acercársele. Entre ellas, una abandonó su curso natural y, saliendo fuera de un vacío tizón, donde se alimentaba, y apareciendo por el lado opuesto, a través de una pequeña grieta, se lanzó sobre la vela que estaba cercana y, con gran gula y avidez, devorándola, la llevó casi a su fin. Y queriendo luego proveer a la prolongación de su vida, en balde intentó volver al horno, de donde había partido, porque se vio obligada a morir y a faltar junto con la vela; así que, al final, con llanto y arrepentimiento, se convirtió en molesto humo, dejando a todas las hermanas en esplendorosa y larga vida y belleza. 

EL VINO

Hallándose el vino, divino licor de la uva, en una áurea y rica taza, y encima de la mesa de Mahoma, y, enaltecido por la gloria de tanto honor, pronto fue asaltado por un pensamiento contrario, diciéndose a sí mismo: «¿Qué hago yo? ¿De qué me alegro yo? ¿No me percato de que estoy cerca de mi muerte y de dejar la áurea morada de la taza y entrar en las horrendas y fétidas cavernas del cuerpo humano, y allí transmudarme de odorífero y suave licor en una fea y triste orina? ¿Y no bastando tanto mal, que tenga aún largamente que yacer en espantosos receptáculos con la otra fétida y corrompida materia salida de los interiores humanos?». Gritó al cielo pidiendo venganza de tanto daño y que se pusiera ya fin a tanto desprecio; y que, puesto que aquella región producía mejores y más bellas uvas que el resto del mundo, que al menos esas no fueran reducidas a vino. Entonces Júpiter hizo que el vino bebido por Mahoma elevara su alma hacia el cerebro y lo contaminó de tal modo que lo enloqueció, y parió tantos errores que, vuelto en sí, convirtió en ley el que ningún asiático bebiera vino. Y se dejaron luego libres las vides con sus frutos. 

LA HORMIGA

Habiendo la hormiga hallado un grano de mijo, el grano al sentirse preso de aquella, gritó: «Si me dejas gozar de mi deseo de nacer, te daré ciento de mí mismo». Y así se hizo.


EL ASNO

Habiéndose dormido el asno sobre la superficie helada de un profundo lago, su calor fundió ese hielo; y el asno, para su mal, se hundió en el agua, se despertó, y pronto se ahogó.
la araña y la uva
Hallado por la araña un racimo de uva, que por su dulzura era muy visitado por aves y diversas clases de moscas, le pareció haber encontrado un lugar muy conveniente para su trampa. Y por su hilo sutil descendió allí y, entrado que hubo en la nueva morada, asomando cada día por los intersticios entre los granos de uva, asaltaba, como ladrón, a los pobres animales que de ella no se defendían. Pasados unos cuantos días, el vendimiador cogió aquel racimo y lo puso con otros y, junto a aquellos otros, fue pisado. Y así la uva fue lazo y engaño de la engañadora araña, tanto como de las engañadas moscas.

LA PIEDRA Y LA NIEVE

Hallándose un poco de nieve pegada en lo alto de una piedra, la cual estaba situada sobre la extrema altura de una altísima montaña, y concentrada en una fantasía, empezó a reflexionar y a decirse a sí misma: «Ahora ¿no seré considerada altanera y soberbia, por haberme puesto, pequeña partícula de nieve, en tan alto lugar, y soportar que tanta cantidad de nieve como de aquí puedo ver, esté situada por debajo de mí? Cierto, mi poca cantidad no merece esta altura, que bien puedo, por testimonio de mi pequeña consistencia, conocer aquello que el sol hizo ayer a mis compañeras, las cuales en pocas horas por el sol fueron deshechas; y esto aconteció por estar colocadas más altas de lo debido. Yo quiero huir de la ira del sol, y humillarme y encontrar un lugar conveniente a mi pequeña cantidad». Y lanzándose abajo, empezó a descender rodando desde las altas zonas que se hallaban por encima de la otra nieve, y cuanto más buscaba un lugar bajo, más aumentaba su cantidad, de modo que, concluido su trayecto sobre una colina, se halló de una grandeza casi no menor que el collado que la sostenía, y fue la última que en aquel verano fue deshecha por el sol.
Dicha para aquellos que se humillan: son exaltados.

EL HALCÓN

El halcón, no pudiendo soportar con paciencia el esconderse que lleva a cabo el ánade huyéndole y sumergiéndose bajo el agua, quiso, como aquel, seguir bajo el agua y, mojándose las plumas, permaneció en esa agua, y el ánade elevose en el aire burlándose del halcón que se ahogaba.

EL ÁGUILA

Queriendo el águila burlarse del búho, se quedó con las alas enviscadas y fue por el hombre apresada y muerta.

EL CEDRO

Teniendo el cedro deseos de engendrar un hermoso y gran fruto en lo alto de sí mismo, lo puso en ejecución con todas las fuerzas de su humor vital, el cual fruto, crecido, fue causa de hacer declinar su elevada y erguida cima.

LA CLEMÁTIDE

La clemátide, no estando contenta en su seto, empezó a cruzar con sus ramas la calle y a pegarse al seto opuesto, y por esto la rompieron los viandantes.


EL MELOCOTONERO

El melocotonero, envidioso de la gran cantidad de frutos que había visto dar a su vecino el nogal, deliberando hacer lo mismo, se cargó de los suyos de modo tal que el peso de dichos frutos lo tiró desarraigado y roto a la tierra llana.
un mínimo fuego
Un mínimo fuego, que quedaba en un pequeño carbón entre tibias cenizas, de la poca fuerza que conservaba, sin recursos y pobremente se nutría a sí mismo, cuando apareció allí la cocinera dispuesta a utilizarlo en la ordinaria cocción de la comida. Ella, colocadas las leñas en la chimenea, tras resucitar de aquel, ya casi muerto, con un fósforo una pequeña llamita, y llevarla entre los leños puestos en orden, y tras poner encima la caldera, sin preocuparse más, se apartó de ahí con tranquilidad.
Entonces, alegrándose el fuego por los secos leños colocados sobre él, empezó a elevarse, y, echando el aire de los espacios entre aquellos leños, con paso juguetón y gozoso, allí se entretejía.
Tras ponerse a soplar fuera de los espacios entre los leños, hizo con aquellos espacios placenteras ventanas. Dejando asomar fuera relucientes y rutilantes llamitas, de pronto, arrojó las oscuras tinieblas de la cerrada cocina; con gozo las llamas ya crecidas jugaban con el aire que las rodeaba y con dulce murmullo, cantando, creaban un suave sonido.
Al verse a sí mismo estar ya por encima de los leños, crecido y muy grande, empezó a elevar el manso y tranquilo ánimo en hinchada e insoportable soberbia, creyendo que era él quien atraía a todo el superior elemento sobre los pocos leños.
Y empezando a soplar, y llenando de estallidos y de chispeantes destellos por entero la circundante chimenea, las engrosadas llamas, unidas, se dirigieron ya hacia el aire, y las llamas más altivas golpearon el fondo de la caldera que estaba en alto.


EL PERRO

Hallándose dormido el perro sobre la piel de un castrón, una de sus pulgas percibió el olor de la grasienta lana y consideró que aquel debía de ser lugar de mejor vida y más al resguardo de dientes y uñas del perro, que alimentarse del perro, y, sin pensarlo más, abandonó al perro y, entrando en la tupida lana, se lanzó con mucho esfuerzo al intento de llegar a la raíz de los pelos. Empresa que, tras mucho sudor, halló ser vana, porque dichos pelos eran tan espesos que casi se tocaban y no había espacio donde la pulga pudiera probar la piel; por lo cual, tras largo trabajo y fatiga, se dispuso a regresar al perro suyo, mas habiendo este ya partido, se vio obligada, tras largo arrepentimiento y amargos llantos, a morirse de hambre.






EL RATÓN Y EL GATO

Hallándose el ratón asediado en su pequeña vivienda por la comadreja, la cual con continua vigilancia acechaba su muerte, él miraba por una pequeña rendija su gran peligro. Mientras tanto llegó el gato y súbitamente tomó esa comadreja, e inmediatamente la devoró. Entonces el ratón, hecho sacrificio a Júpiter de algunas de sus avellanas, dio inmensamente gracias a su deidad y salió fuera de su agujero a gozar de la libertad ya perdida, de la cual, de pronto, a la vez que de la vida, fue, por las feroces uñas y dientes del gato, privado.
la navaja
Saliendo un día la navaja de aquel mango que le sirve de vaina y habiéndose puesto al sol vio reflejarse el sol en su cuerpo, la cual cosa la llenó de gloria y, regresando atrás con el pensamiento, empezó a decirse a sí misma: «¿Volveré yo ahora a aquella tienda de la que acabo de salir? Cierto que no; ¡no quieran los dioses que tan espléndida hermosura se vea caer en tal vileza de ánimo! ¡Qué locura sería aquella que me condujera a afeitar enjabonadas barbas de groseros campesinos y a hacer tan mecánicas operaciones! Pues, ¿está este cuerpo mío destinado a semejantes ejercicios? Desde luego que no. Yo me quiero esconder en algún lugar oculto y allí, con tranquilo reposo, pasar mi vida».
Y así, habiendo permanecido escondida unos cuantos meses, un día volvió al aire y, al salir fuera de la vaina, se vio a sí misma hecha a semejanza de una sierra herrumbrosa, y su superficie no reflejaba ya el esplendoroso sol. Con vano arrepentimiento inútilmente lloró el irreparable daño diciéndose: «¡Oh cuánto mejor era ejercitar con el barbero mi perdido corte de tanta sutileza! ¿Dónde está la brillante superficie? Cierto, la molesta y fea herrumbre la ha consumido».
Esto mismo acontece a los ingenios, que en lugar de ejercicio se dan al ocio. Ellos, a semejanza de la mencionada navaja, pierden su cortante sutileza y la herrumbre de la ignorancia corrompe su forma

LA PIEDRA Y EL CAMINO

Una piedra de hermosa grandeza, recién descubierta por las aguas, se hallaba sobre un determinado alto lugar donde acababa un deleitoso bosquecillo, sobre un camino pedregoso, en compañía de hierbecitas y varias flores de diversos colores adornadas, y veía la gran cantidad de piedras que en el camino de más abajo estaban situadas. Le entraron deseos de dejarse caer hacia allí, diciéndose a sí misma. «¿Qué hago aquí con estas hierbas? Yo quiero vivir en compañía de estas hermanas mías». Y dejándose caer entre las deseadas compañeras, acabó su voluble curso; pero pasado un tiempo, empezó a hallarse en continua tribulación, debido a las ruedas de los carros, los pies herrados de los caballos y los viandantes —el que le daba vuelta, el que la magullaba…—; alguna vez se le desprendía algún trozo, otra estaba cubierta de fango o estiércol de algún animal, y en vano miraba al lugar del que había partido, el lugar de la solitaria y tranquila paz.
Esto les pasa a aquellos que de la vida solitaria y contemplativa quieran ir a vivir a la ciudad, entre gentes llenas de infinitos males.

LA MARIPOSA

Vagabundeando la variopinta mariposa, y desplazándose por el aire oscurecido, le aconteció ver una luz, a la cual enseguida se dirigió y, dando varias vueltas alrededor de ella, mucho se maravilló de tanta belleza esplendorosa, y no contentándose solo con verla, avanzó para hacer aquello que con las olorosas flores solía. Dirigiendo su vuelo, con osado ánimo, pasó por aquella luz, la cual le consumió las puntas de las alas y las patas y otros ornamentos; y caída al pie de aquella, con admiración consideraba cómo había podido acontecer ese caso, no alcanzando a entrar en su conciencia que de tan bella cosa pudiera originarse algún mal o daño. Repuesta luego un poco de las perdidas fuerzas, volvió a emprender el vuelo y, al cruzar el cuerpo de esa luz, cayó de pronto quemada en el aceite que nutría dicha luz, y le quedó solo vida para poder considerar la causa de su daño, diciéndole: «Oh maldita luz, yo creía haber hallado en ti mi felicidad y lloro en vano mi loco deseo. Con mi daño he conocido tu consumidora y dañina naturaleza». A lo cual la luz respondió: «Esto hago yo a quien no me sabe utilizar bien».
Dicha para aquellos que, al ver delante de sí los placeres lascivos y mundanos, a semejanza de la mariposa, corren hacia ellos, sin considerar su naturaleza; placeres que por los hombres, tras larga usanza, por su vergüenza y daño son conocidos.

EL ESLABÓN

La piedra, al ser golpeada por el eslabón del fuego, mucho se maravilló y con áspera voz dijo a aquel: «¿Qué presunción te mueve a darme tormento? No me des penas, que me has tomado por otra; yo no he disgustado nunca a nadie». A lo cual el eslabón respondió: «Si tienes paciencia verás qué maravilloso fruto sale de ti». A cuyas palabras, la piedra, tranquilizándose, con paciencia se mantuvo fuerte en el martirio, y vio nacer de sí el maravilloso fuego, el cual, con su virtud, operaba en infinitas cosas.
Dicho para los que se asustan al empezar los estudios y, después de ponerse en plan de poder mandarse a sí mismos, y dedicar con paciencia una labor continua a esos estudios, ven surgir de aquellos, cosas de maravilloso aspecto.








EL LIRIO

El lirio se colocó sobre la orilla del Tesino, y la corriente arrastró la orilla junto con el lirio.

LA OSTRA

Siendo descargada la ostra con los demás peces en la casa del pescador junto al mar, ruega al ratón que la lleve al mar. El ratón, con intención de comerla, le hace abrir la boca, y al morderla esta le atrapa la cabeza y lo encierra. Viene la gata y lo mata.


EL CANGREJO

Hallándose el cangrejo bajo la piedra para atrapar los peces que allí entraban, llegó la riada con ruinoso precipitarse de piedras, que, con su rodar, destrozaron al cangrejo.


LA VID

La vid, envejecida sobre el viejo árbol, se cayó a la vez que la ruina de ese árbol; y fue, por la mala compañía, a fenecer junto a él. 

EL TORRENTE

El torrente llevó tal cantidad de tierra y piedras en su lecho, que se vio obligado a cambiar de sitio. 

EL AGUA Y EL AIRE

Hallándose el agua en el soberbio mar, su elemento, le entraron deseos de subirse encima del aire y, animada por el elemento fuego, se elevó en tenue vapor, y casi parecía de la ligereza del aire; y ascendiendo en alto, alcanzó a llegar al aire más sutil y frío, donde fue abandonada por el fuego. Y diminutas gotas, siendo contiguas, ya se unen y se hacen pesadas y, por eso, cayendo, la soberbia se convierte en fuga, y cae del cielo; y como consecuencia la bebe la seca tierra, donde, mucho tiempo encarcelada, hace penitencia por su pecado.


LA LUZ

La luz es un fuego ávido sobre la vela. Consumiendo aquella a sí mismo se consume.

LA TINTA Y EL PAPEL

La tinta despreciada por su negritud por la blancura del papel, el cual por aquella se vio ensuciar. Viéndose el papel todo manchado por la negritud de la tinta, se duele de aquella, la cual le muestra que, por las palabras que encima de él compone, es causa de su conservación.

EL ESPEJO

El espejo se envanece al tener en su interior reflejada la reina, y, partida esta, el espejo permanece vil.

EL HIERRO

El pesado hierro se reduce mediante la lima a tanta sutileza que un mínimo viento se lo lleva.


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